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Monseñor Héctor Cubillos Peña celebró, con el Presbiterio Diocesano de Zipaquirá la Misa Crismal


ZIPAQUIRÁ.

Monseñor Héctor Cubillos Peña, obispo de la Diócesis de Zipaquirá, concelebró con los presbíteros provenientes de toda la Diócesis la Misa Crismal, donde consagra el santo crisma y bendice el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos.  

Esta celebración se realizó a las 10:30 de la mañana en la Catedral Diocesana de Zipaquirá con la participación del Seminario Mayor en el coro y en los servicios litúrgicos.  Laicos y comunidades religiosas y feligreses de diferentes partes también estuvieron presentes en esta solemnidad. 

En su homilía Monseñor Cubillos Peña insistió en la vivencia diocesana de esta celebración y explicó la triple unción que por el bautismo que nos hace sacerdotes, profetas y reyes. 

Finalmente el Señor Obispo evocó la oración poscomunión del domingo V de Cuaresma y concluyó diciendo: Con la renovación pedimos, junto a los fieles, a Dios "vivir el amor a Cristo que nos lleva a amarlo hasta la muerte".   

Esta Misa Crismal es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como signo de la unión estrecha de los presbíteros con él.

 

“Con la renovación pedimos, junto a los fieles, a Dios "vivir el amor a Cristo que nos lleva a amarlo hasta la muerte".   

 

La palabra crisma proviene de latín: chrisma, que significa unción. Así se llama ahora al aceite y bálsamo mezclados que el obispo consagra el Jueves Santo por la mañana para ungir a los nuevos bautizados y signar a los confirmados, pero por las largas distancias que deben recorrer varios sacerdotes en las diferentes Parroquias de la Diócesis, se adelanta la MISA CRISMAL ocho días antes del Jueves Santo, con el fin de que en los días Santos puedan estar realizando sus labores pastorales y religiosas sin mayores inconvenientes.

Según la Iglesia Católica, la liturgia cristiana ha aceptado el uso del Antiguo Testamento, en el que eran ungidos con el óleo de la consagración, los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa "el ungido del Señor". El crisma se hace con aceite y aromas o materia olorosa para significar "el buen olor de Cristo" que deben despedir los bautizados. 

Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados se vigorizan, reciben la fuerza divina del Espíritu Santo, para que puedan renunciar al mal, antes de que renazcan de la fuente de la vida en el bautizo. Este aceite es un jugo untuoso de color verde amarillento que se extrae del olivo o de otras plantas. 
 

 

El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua el apóstol Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados. El aceite simboliza el vigor y la fuerza del Espíritu Santo. Con este óleo el Espíritu Santo vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte en sacrificio salvador como el de Jesús.

Por lo general antes de comenzar la celebración de la Cena del Señor se reciben solemnemente estos Santos Óleos consagrados en la Misa Crismal celebrada en la mañana por el Obispo reunido con el presbiterio. En una procesión solemne los óleos son llevados en tres ánforas preciosas que se guardan en un lugar previamente destinado dentro de la Iglesia.

 
 
“La Misa Crismal es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del obispo y como signo de la unión estrecha de los presbíteros con él”.

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