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La dulzura de Eduvina, una de las últimas carameleras de tradición

Impulsadora del Caramelito Rojo, un producto típico de Zipaquirá que podría extinguirse.

 EduvinaWeb

Eduvina Pachón de Carrillo.


ZIPAQUIRÁ, CUNDINAMARCA.


Hay combinaciones que nos alegran la vida y nos endulzan el alma, que hacen de nuestros días las mejores experiencias y de nuestras tristezas algo más llevadero, podríamos hablar por horas y extendernos como el mar, pero hoy solo queremos reconocer el valor de una mujer que lleva muchos años con una vocación 100% de corazón y de amor inagotable, a sus hijos y de manera especial a un producto típico zipaquireño: ‘El Caramelito Rojo’.

 

Una mujer dulce como nadie, guerrera y con mucha fortaleza es Eduvina Pachón de Carrillo, una madre y emprendedora zipaquireña que llegó a este mundo hace 86 años para enseñar a su familia, amigos, vecinos y a quienes tienen el gusto de conocerla, el privilegio de ser portadora de vida, y de saladitas y dulces tradiciones de la ‘Capital Salinera de Colombia’.

 

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Entre estas tradiciones hay una muy especial que se hizo canción en 1981 en la voz y en los instrumentos musicales del Maestro Jorge Velosa con ‘Los Carrangueros de Ráquira’, que lleva a recodar el “saborcito” de este manjar típico de los zipaquireños: “Cuando mi taita viajaba de Ráquira a Bogotá, me llevaba de regalo dulces de Zipaquirá, caramelitos y obleas, camelos de los rojos, que tienen un saborcito muy distinto al de los otros…”.

 

El proceso de elaboración del Caramelito Rojo, conocido como el dulce tradicional de la ‘Ciudad de la Sal’, fue aprendido por Eduvina hace más de 6 décadas, mientras según ella, trabajaba en la empresa de la señora Paulina Viuda de Rojas; pero saber cómo se hacía este caramelo, se convirtió en una tarea de observar detenidamente, y es que, entre risas comenta: “a la señora Paulina no le gustaba que nadie se le arrimara a la paila, así que, yo solo aprendí desde cierta distancia mirando”.

 

dulce

 

Siete años antes que esta caramelera aprendiera cuál era el punto exacto de este delicioso dulce, a su vida llegaba uno de los regalos más grandes que el universo le concedió: su primer hijo de los 11 siguientes que Dios le permitió tener, que alegran sus días, y son su orgullo, apoyo y compañía.

 

En la mayoría de las recetas tradicionales, restaurantes y al interior de las familias, existen ciertos ‘secretos gastronómicos’ que difícilmente son revelados y que caracterizan esos platos con toque especial; pero en el caso de los ‘caramelitos rojos’, no lo hay, según cuenta Eduvina, y hablando francamente como ella dice, “no existe ningún ingrediente secreto para hacer los caramelitos: solo azúcar, limón y colorantes”.

 

La caramelera comercializaba el caramelito en la carrera décima y luego en el Parque Principal donde se estacionaban los buses con destino a Pacho, Bogotá y a otros municipios.

 

Inicialmente, las delicias que producían las manos de la caramelera las comercializaba en la carrera décima y luego en el Parque Principal donde se estacionaban los buses con destino a Pacho, Bogotá y a otros municipios de la región, “un muy buen punto de venta”, como ella lo recuerda.

 

Con las ganancias que le dejaba la venta de los dulces rectangulares, rosados, rojitos o coloraditos, que en aquel entonces valían 10 centavos y por los que también los turistas visitaban Zipaquirá, le pudo dar educación a todos sus hijos.

 

“Yo no les pude dar carrera de universidad porque en ese tiempo no había modos, yo les di a todos la primaria y el bachillerato con el oficito que yo hacía, con mis caramelitos y con las ventas de otras cositas que aprendí a hacer como empanadas, arepas, pasteles, habas tostadas, maní de sal, chupos en colombina, chupetas, turrones y muchas otras delicias; en esta vida aprendí a hacer de todo por mis hijos”, comenta orgullosa la caramelera.

 

Cuando habla de la preparación del caramelito, da unas indicaciones bien puntuales y asienta con su cabeza, que este es un proceso bastante sencillo:            

 

“pongo la olla con el azúcar y el limón,  la deja hervir hasta que esté en su punto; lo riego en una piedra que tengo especial, donde uno los estira y apenas esté frío se coge un suncho, se raya, y finalmente se empacan los caramelitos en papel milano”.

 

Y en todo el mundo de la producción de este dulce rojito, sus hijos, aunque sabían cómo hacerlos, solo le ayudaban a empacarlos, una tarea rápida si se trabajaba con 10 libras se azúcar de las que “salían a veces 25 caramelitos” y “como eran varios les rendía más”.

 

La crianza fue lo más duro de haber tenido tantos hijos, menciona Eduvina: “yo los tenía en la casa. Mientras uno caminaba, el otro lo criaba en un cajón especial, que mi marido, alma bendita, me hizo. Muchas veces no tenía ni cómo envolverlos, yo rompía mis vestidos para ponerlos de pañales y los acomodaba como podía, nunca los dejé solos”.

 

Mientras pasaban los días, esta mujer no se perdía la oportunidad de aprender más cosas, que le pudieran servir como medio económico para sostener a sus 12 hijos: “hice artesanías, tejidos y poco a poco me capacité en el SENA en dos cursos; uno de modistería y otro de dulcería, para apoyar mi familia, pues, aunque mi marido ayudaba y aportaba no era tan fuerte ese sustento”.

 

Mirando al cielo agrega: “por la dura situación económica en la que vivíamos en ese momento, yo llegué a vestir a mis hijos como podía, por ejemplo, en los meses de diciembre, si no tenía plata, yo fiaba las mudas de ropa todos y de a poco se las pagada a una vecina, pero nunca dejé que mis hijos aguantarán frío ni necesidades”.

 

Diferentes regiones de Cundinamarca y de Colombia pudieron conocer el sabor de los caramelitos que con mucho amor elaboraba, gracias a las visitas que realizaba su esposo en compañía de una de sus hijas, a diferentes poblaciones y donde los recibían con mucho agrado.

 

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Pero, infortunadamente, en algún momento, la tristeza logró invadir el alma de esta mujer guerrera, cuando uno de sus hijos se fue de casa y del cual hoy no sabe de su paradero, “se fue, y no sé más de él”, con nostalgia y lágrimas en sus ojos comenta. Otro momento duro fue cuando la muerte sorprendió a otro de sus hijos, después que le detectaron un cáncer contra el que luchó, pero al final perdió la batalla.  Son de estos dolores que una madre no está preparada para afrontar, pero sus recuerdos y el amor por sus otros hijos la impulsan a seguir luchando por su familia y fortalecerse junto a ella.

 

Hace 40 años y buscando otros horizontes Eduvina decidió vender sus caramelitos en el Parque Villaveces, solamente los fines de semana. Recuerda que antes los turistas compraban más y era muy bueno el trabajo. “Ahora en cambio y desde que en la mina también se vende el caramelito, las ventas se han bajado muchísimo al punto que decidí hace algunos años no volver al parque Villaveces.  Ahora los fabrico y desde mi misma casa los vendo por encargo”, comenta con melancolía.

 

Manifiesta que el Caramelito Rojo tuvo un momento de gran reconocimiento donde muchas personas de otras regiones venían a comprarlo para distribuirlo en otros mercados y otras que querían aprender a fabricarlo. “Inclusive, hace poco, tal vez cinco años, un estudiante de una universidad necesitaba hacer un trabajo sobre costumbres y manjares, requiriendo además que le explicara cómo se hace el caramelito; entonces compramos una tabla especial y los ingredientes, le explique el proceso, fabricamos muchos caramelitos y finalmente los llevó a organizar su exposición. Varios días después volvió para agradecerme porque le había ido muy bien, diciéndome que ese caramelito fue toda una sensación para sus profesores y compañeros”, comenta la Caramelera.

 

“Aunque me fue bien con esa explicación a la joven, no sirvo para profesora”, refiere Eduvina: “una vez y por petición de una señora de Bogotá, me pagaba para que enseñara a otras mujeres la fabricación, para que no se acabará la tradición, pero ya no me comprometo en eso, ya no tengo salud”.

 

Con estas palabras, una de las últimas carameleras, nos hace pensar que esta tradición está cercana a extinguirse, ya que son muy pocas las personas y familias que se dedican a la fabricación de este añorado dulce.

 

“El Caramelito Rojo tuvo un momento de gran reconocimiento donde muchas personas de otras regiones venían a comprarlo para distribuirlo en otros mercados y otras que querían aprender a fabricarlo”.


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