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Queremos Rock 14

Porque siempre es bueno volver a casa.

Somos de donde el alma jamás voló.

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ZIPAQUIRÁ, CUNDINAMARCA.


De la tierra caribeña, de esa Cartagena donde la sangre circula con fuerza y vehemencia, la tierra del sol resplandeciente y la noche helada, una mujer con piel canela, con ojos que trascienden en un café espeso, que camina lento, reflejando el peso que en su espalda lleva por una vida errante, que le ha costado su familia, su hogar y sus recuerdos, es ella la que sigue en píe, tomando la crisis con verraquera porque enfrentando es que se gana.

 

La crisis política, económica y social, que ha enfrentado Venezuela desde el 2013 luego de la muerte de Hugo Chávez, ha dejado una ola de inmigrantes, no solo en Colombia, sino en muchas partes del mundo. Nubia Astrid Neira Bonilla no es una venezolana que busca una mejor vida en otro lugar, no pretende huir para siempre, ella no busca una tierra prometida, solo necesita sentarse en torno a su familia en su hogar, en ese dónde hay fraternidad y calidez, donde no son cifras, sino seres humanos.

 

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Y su hogar también es esa Colombia, la tierra del olvido que la vio nacer, pero que la dejo ir cuando tan solo era un bebe, porque la vida tampoco era fácil, y su papá lo sabía. Su historia se enmarco en un trasegar por carreteras, montañas y cielos buscando el sustento, encontrando la preparación para lo que los días le traerían.

 

"Los artistas siempre tienen que sonreír", eso rememorara Astrid con su voz entrecortada por el peso de las palabras y de los recuerdos. Tal vez el amor de su vida no fue el hombre con el que alguna vez se casó, tal vez sin saberlo siempre fue el circo Super Star, donde lo vivió todo, lo sintió todo y aprendió mucho más que un todo. Su familia es cirquera, así pues con una sonrisa en sus labios, piensa en ese día en el que se había quemado una mano y doliente por su lesión, entre temor y suspicacia le dijo a don Ángel, su padre que no podría hacer su show, (este se trataba de sujetar de las manos a su hermano desde una altura de 7 metros aproximadamente, para que el hiciera piruetas en el aire), su padre fue claro” No señora usted tiene que trabajar”; de sus manos vertía sangre, simplemente le restaba limpiársela, cambiarse las vendas y continuar con los demás oficios, porque el espectáculo debe continuar.

 

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No se educó en un ambiente normal, por el contrario tuvo la fortuna de romper el orden naturalmente constituido por las tradiciones conservadoras de la época ( fue educada en su casa, con sus 14 hermanos), reunidos en mesa redonda escuchaban atentamente la emisión de radio del medio día, en la estación local Fe y Alegría de Guacara del Estado de Carabobo, todos seguían las instrucciones del locutor y  maestro, como pequeñas hormiguitas se ayudaban unos a otros para aprender las lecciones, de ese modo lograron salir de primaria, terminaron entendiendo la lógica de las sumas y las restas, de las consonantes y las vocales, trabajando siempre en familia, porque si uno avanzaba todos lo hacían.

 

No se trataba de que el buen señor Ángel Rafael Neira Muñoz, padre de Astrid no quisiera educar a sus hijos desde la academia, solo que 14 hijos y una casa rodante no les daba la estabilidad que una escuela les requería "pocas veces nos separábamos, la vida giraba en torno al circo, ninguno estaba fuera del espectáculo”.

 


Su trabajo era exigente, desde niña entendió que el esfuerzo era la base fundamental de sobrevivir en “la selva de cemento”, como decía Héctor Lavoe. Su padre era exigente, rígido y muy certero en sus decisiones, siempre pensaba en el bienestar de todos, así que pensar en ser un rebelde sin causa en su familia era una opción arriesgada, porque él los corregía a como diera lugar, ese hombre de manos grandes y mirada recia le enseño mucho más de lo que otra persona en el mundo, él la amaba y siempre se lo manifestó, cuando en el regazo de sus brazos él la abrazaba, sin inmutar palabras ella sabía que todo estaría bien.

 

Ahora Astrid tiene su familia, cuatro hijos, Astrid Alejandra su hija mayor, Estefanía, Arturo y Frederic el menor. Antes recorría el mundo trabajando en familia, luego de mucho tiempo había decidido asentarse en Venezuela y estabilizar su vida sobre todo por la educación de sus hijos,  pero el terremoto que provoco Nicolás Maduro, le tumbo sus planes y nuevamente Astrid tomó sus maletas y alzo vuelo, pero esta vez no pudo ser en  familia,  lo que ganó se lo mando a sus hijos para que salieran de Venezuela con algunas cosas en las manos, ellos llegaron a Medellín, dos meses después ella llego.

 

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Las condiciones fueron muy difíciles, no tenían trabajo, camas, abrigo, no había nada. Como la mayoría de los inmigrantes el trabajo informal fue su salva vidas, simplemente en algunos momentos el peso de las carencias, la fatiga de deambular en calles desconocidas y el miedo a perder completamente su amado pasado la hacían desfallecer, porque muchos se quedaron allá, sus hermanas, sobrinos y su mamá. No fue fácil dejarlos, sobre todo a doña Hilda Bonilla su mamá, pero ella es obstinada y nadie le va decir que hacer, mucho menos el pesado de Maduro, ella su casa no la deja, así sus hijos le rueguen, así el pan y el agua se acaben no se va, pues se cansó de andar y ya no está su esposo para acompañarla y sola no lo piensa intentar.

 

Mirar hacia atrás y sonreírle al pasado, es tal vez una de las acciones más difíciles, pero Astrid está tranquila porque el mundo le ha dado mucho que agradecer, sus ojos han apreciado las calles italianas desbordando elegancia, las delicias de Aruba y Curazao y cada rincón de Venezuela, esa sí que la conoce. 

 

El desplazamiento que vive su familia y los más de 5.000 venezolanos, la hacen pensar que su destino no está ahí, aunque en Zipaquirá le ha ido bien. Tiene un trabajo estable y formal, una casa donde resguardarse ella, Estefanía su hija y su nieta. que son las únicas que han podido establecerse en la ciudad salinera, aún están lejos de Astrid y Arturo que viven en Medellín con sus parejas e hijos, y del menor Frederic que está en Cúcuta con su papá, un chileno quien también es cirquero.

 

Anhela que todos se vuelvan a reunir, pero en Zipaquirá no está fácil el tema del trabajo, ella logro conseguir un buen trabajo, pero para el resto de la familia fue difícil, su hijo Arturo lo intento durante algo más de tres meses, pero no consiguió nada, se devolvió para Medellín a probar suerte.

 

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Ella es venezolana, es colombiana, un poco chilena y con ganas de ser americana, es ciudadana del mundo, solo quiere vivir tranquila, con lo necesario para estar "bien", no pide nada que no merezca cualquier persona. Odia pasar por la crisis, pero como ella dice " la esperanza está en volver a reunirnos y seguir con el circo".

 

De la familia de Astrid hay un poquito en cada continente, su trabajo en él circo y ahora la migración que están pasando los ha dejado por todas partes del mundo y con nacionalidades variadas, hay ecuatorianos, israelitas, chilenos, colombianos y americanos, por no mencionar más. 

 

Párese ser que la vida es frágil, que nada es estable, ni permanente. Tal vez pensemos que tras la edad lo hemos vivido todo, pero mientras sigamos en el camino aún nos quedan cosas por aprender. Mantener la cabeza altiva para mirar atrás y ver esos amigos y lugares por los que transitamos, que solo esperan a que volvamos por más momentos inolvidables y emociones indescriptibles, propósitos de vida que llenan a Astrid de ilusión y ganas de no parar de andar nunca, con la esperanza de llegar a su hogar nuevamente y sentarse a pensar a donde volar de nuevo, porque siempre es bueno volver a casa.

 

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Ella es venezolana, es colombiana, un poco chilena y con ganas de ser americana, es ciudadana del mundo, solo quiere vivir tranquila.


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