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Lecciones, no problemas

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Por Mauricio Riveros Barbosa.

 

El día de la víspera de año nuevo me encontraba caminando por una céntrica calle de Zipaquirá – la ciudad donde vivo, abarrotada de personas, vendedores ambulantes y música en alto volumen que salía de los parlantes de varias tiendas que intentaban llamar la atención de los transeúntes con melodías bailables, propias de esta época festiva de fin de año. Se respiraba en el ambiente una alegría inusitada, las personas caminaban apresuradas a hacer las compras del último día del año al compás de todo tipo de ritmos caribeños que inundaban el aire junto al olor de empanadas, perros calientes y tinto de los puestos ambulantes. No había nubes, lo que a 2.650 metros sobre el nivel del mar produce un calor sofocante por el sol tropical que “pica en la piel” - como decimos los sabaneros, y nos había obligado a quitarnos sacos y chaquetas – dando al ambiente una escena aún más alegre, descomplicada y tropical.

 

De manera curiosa noté que en la acera por la que transitaba – a pesar de estar tan llena de personas, todos íbamos en la misma dirección, bueno - casi todos. La primera razón por la que la pude ver, fue que venía en dirección mía – al contrario de como estábamos todos caminando en ese momento. Era más bien alta – casi de mi altura, y su cabello castaño perfectamente pintado de rubio en las puntas ensortijadas eran sus otros distintivos, porque desde donde yo estaba la pude ver a unos quince metros, con su cabeza reflejando el brillante sol del mediodía. Era una joven de unos veinte años, caminaba lentamente y algo desgarbada mientras hablaba por su teléfono celular en la mano derecha y con la izquierda parecía tapar su rostro en un gesto casi de timidez.

 

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También me llamó la atención su vestimenta – una blusa blanca de algodón, estilo indígena, con adornos de colores tejidos en todas partes (aunque desde donde estaba en ese momento, parecían pintados), unos shorts color marrón claro abombados y unas sandalias griegas del mismo tono. Era evidente que había escogido su atuendo de acuerdo con la celebración, y a medida que se acercaba más a mí pude ver todo tipo de detalles y adornos que evidentemente indicaban que esa jovencita se había preparado para una buena jornada de celebración, sin embargo, su actitud contradecía todo.

 

Pronto me di cuenta que estaba llorando, mientras hablaba de manera queda por su teléfono. No gesticulaba con sus manos, solo caminaba lentamente, escuchaba y respondía con breves palabras mientras grandes lagrimones salían de sus ojos corriendo su maquillaje y dándole un aspecto – si se puede – más dramático a toda la escena. Algunas personas se dieron cuenta – como yo – de la situación, pero ella no hacía contacto visual con nadie así que pasaban de largo, otros se le quedaban mirando esperando respuesta, pero ella solo seguía su camino, llorando su tragedia. La mayoría ni siquiera advirtieron la situación, o siquiera su presencia. La música seguía, los olores de la comida se intensificaban y ella pasaba por allí en un mar de confusión. Pronto estuvo a unos centímetros de mí y pude observar con detalle que su ropa realmente era lujosa, que su piel era bronceada y bien tonificada – tal vez era deportista, y pude percibir un intenso aroma a rosas de su perfume. Ella no se detuvo, ni siquiera me miró, simplemente siguió su camino – y siguió llorando, llevando su carga de tristeza en medio del jolgorio que ya se armaba en la calle. Yo me limité a hacer una breve oración por ella y seguí mi camino.

 

Y es que eso es la vida. A veces nos encontramos con personas en sentido contrario, que alteran toda la escena de nuestra vida. Lo importante nos es simplemente deshacernos de ellas, sino primero verificar si necesitan nuestra ayuda. Y es que eso es la vida. Mientras algunos gozan y ponen empeño en vivir, otros llevan una tragedia – y hemos estado en ambos lados de esa historia. Y es que eso es la vida. A veces nos preparamos meticulosamente para la celebración, el jolgorio y la diversión – pero terminamos en una tragedia como protagonistas, asistiendo mal vestidos a la fiesta equivocada, o bien vestidos a la tragedia no esperada.

 

Es imposible evitar el dolor y el sufrimiento – hacen parte de nuestra condición de humanidad, sin embargo, debemos separar esos dos términos, porque el dolor es inevitable – pero el sufrimiento sí lo podemos hacer opcional. No estoy diciendo que en situaciones dolorosas como la pérdida de un ser querido, o situaciones adversas de salud nos pongamos a bailar y cantar, será normal afligirse, más no echarse a morir. Y si es tan cotidiano para los humanos el asunto del dolor y el sufrimiento ¿por qué caemos una y otra vez en el fracaso? Precisamente. Cuando nos quedamos pegados en el sufrimiento nos cerramos a aprender porque de manera cruel nos encanta que nos den palmaditas en la espalda con un “pobrecito”, en lugar de aprender de tales errores. Nos enseñaron que la vida es injusta, que viene llena de problemas – y tiene sentido, pero no nos enseñan que en realidad esos problemas son oportunidades de crecimiento, son lecciones que hay que aprender -y de esa manera no los repetimos, pero si nos gusta victimizarnos, entonces aprender no será una opción, esas son las llamadas personas tóxicas, de las que es mejor mantenerse alejado.

 

Como la jovencita de esta historia real, es posible que te hayas preparado para una cosa, pero la vida te corre el maquillaje y te distorsiona la cara, te pone a caminar en contra vía y tú sigues de largo llorando y cargando el peso del dolor. Abre los ojos, es posible que haya muchas oportunidades en tu camino que no estés viendo, por tener los ojos llenos de lágrimas. Para aprender, dale la bienvenida a los problemas – porque son lecciones.

“La vida es una ininterrumpida e intermitente sucesión de problemas que sólo se agotan con la muerte.”
– Ingmar Bergman

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