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A mis apreciados colegas

A mis apreciados colegas

Andrés Leonardo Calvo Camelo

Licenciado en Filosofía.

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(…) Sin embargo, con el tiempo, como se puede ver por redes, salen a relucir muchos mensajes públicos de felicitación y agradecimiento a los docentes que “nos hacían la vida imposible”.

 

Luego de haber ganado el premio Nobel de Literatura en el año 1957, Albert Camus escribe una carta de agradecimiento a su maestro, reconociendo el papel tan importante que jugó en la consecución de este honor (al cual no le da mayor importancia), y el papel que sigue jugando hasta ese momento en la vida de uno de los mejores pensadores que tuvo el siglo XX.

 

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“Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser un alumno agradecido”. (Carta de Albert Camus a su maestro tras recibir el Premio Nobel).

 

Dicho lo anterior, prosigo:

 

A propósito de las fechas especiales que estamos celebrando o que están por celebrarse, es necesario recordar que el 15 de mayo se celebra el día del maestro en Colombia, día que también se recuerda la proclamación de San Juan Bautista de la Salle como patrono de los educadores cristianos, pero más allá de todo esto es necesario recordar que esta labor es de muchísima importancia para la sociedad, sean estos cristianos o no, y por más que sea un “cliché” recordarla mercantilmente por un día, se recuerda que es un ejercicio con una transversalidad inmensa, admirable en cada día, a cada instante que se ejerce.

 

De estudiante, es muy común tomar una imagen “negativa” – otorgada por prejuicios debo decir – de diferentes docentes. Sin embargo, con el tiempo, como se puede ver por redes, salen a relucir muchos mensajes públicos de felicitación y agradecimiento a los docentes que “nos hacían la vida imposible”. Es curioso, pero sigue siendo una profesión con muchos estigmas, con muchos contratiempos, pero nunca ha dejado de ser la labor que nos llena el alma a muchos.

 

Yo nunca pensé en ser profesor. Varios años de lo que fue mi “proyecto de vida” – cosa que nunca redacté para ser sincero – se pasearon, en un vaivén de cosas que se me pasaban por la mente, una gran variedad de posibilidades para “realizarme”. La ingeniería química, la veterinaria, y hasta el sacerdocio pasaron por mi mente, última situación curiosa porque es por aquello que me incliné en última instancia, y terminó por despertar un interés profundo por la docencia, incluso pasando por encima de muchos principios religiosos y morales que en algún momento consideré inamovibles en mi vida. Definitivamente el estudio cambia la mentalidad, transforma las actitudes y condensa todo lo que en realidad queremos para nuestra existencia. Al final de cuentas somos quienes debemos dar sentido a lo que nos pertenece.

 

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Recuerdo que mi padre, en el momento en que decidí optar por mi licenciatura en filosofía me dijo: “¿eso si da?”. Ahora con una media sonrisa y una gran preocupación por las condiciones bajo las que vivimos en esta sociedad tan desigual, le deberé responder que no. Ser profesor no es un tema de ganancias económicas, por lo menos no ahora. Entre más he ejercido esta hermosa labor me he dado cuenta de que el centro no es el ejercicio laboral, sino el campo vocacional en el que hemos entrado. Cuando se es capaz de hacer ese tránsito, los días se pasan bajo la tranquilidad de estar instruyendo, guiando, ilustrando vidas nuevas, pero, sobre todo, aprendiendo de a quienes creemos que les estamos enseñando.

 

Qué gran gallardía se necesita para ser un docente! – y lo digo sin modestia – no toda persona tiene la facultad para enfrentarse a una sociedad como la colombiana, con grandes problemas estructurales, problemas que llevamos dentro como si hiciesen parte de nuestros genes, y que al igual que mis principios, en realidad son cosas que se pueden cambiar. Hace falta que en realidad nos preocupemos por tener más docentes vocacionados y no irrespetuosos oportunistas de la profesión. Y es que no se trata de pararse frente a una serie de números para llenar sus mentes de contenidos. En realidad, consiste en desnudar la vida frente a sus mentes inquietas y ante la propia estupefacta por todo lo que ya se han adelantado en pensar, y comenzar a vestir esa desnudez de todo aquello que les es provechoso para ser mejores cada día, para dar cuenta de que su rebeldía nace del descontento con una sociedad que nos ha enseñado desde pequeños a actuar con maldad y doblez en el corazón.

 

Qué gran gallardía se necesita para superar esa visión clásica – y clasista – de la educación, donde el docente es superior por el simple hecho de llevar un título. Siempre he sido criticado por permitir que mis alumnos me llamen por mi nombre. ¿No es acaso este el que me dieron mis padres? Y ¿no es este por el cual todos me llaman? Cuál es la diferencia en que un estudiante me diga Andrés a que me diga Maestro, Docente o Profesor. Muchos a quienes se lo dicen ni siquiera lo son. Pareciera que, en una afanada tarea por educar en formalismos, hemos olvidado que la labor esencial de cualquier educador es transmitir vida, pero sobre todo emoción por vivirla. Ayudamos a construir luces para que nuestra sociedad transforme esquemas que, ahora más que nunca, está demostrado que no sirven para nada.

 

Qué gran gallardía se necesita para ser un docente a quien le pauperizan sus condiciones laborales. Es muy fácil hablar desde la ignorancia, pero pocos son capaces de entrar a ver el sacrificio de tiempo personal que realiza un docente, o por lo menos aquel que es entregado a su labor. Trabajos de jornadas extenuantes de alrededor de 8 a 10 horas, más aquel que le toca destinar a la preparación de clases, calificación de trabajos y tareas. En el caso medio, estas jornadas de alrededor de 12 a 14 horas significan el pago de un salario mínimo. Porque en Colombia no importa el trabajador, él sostiene la empresa, pero el que importa es el patrimonio del dueño.

 

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Qué gran tristeza se siente al ver docentes que tienen el valor para pararse detrás de políticos oportunistas que buscan repartir tajadas de todo lo que han comprometido en sus campañas, o de aquellos que sin oportunismo buscan ayudar a profesionales que en realidad lo necesitan. Por suerte alguna de las vacantes provisionales que otorga el Estado le será concedida a quien mejor “palanca” tenga. Ser docente público es algo muy controversial para abordar en un escrito tan breve, pero es evidente que las condiciones laborales mejoran en relación con el salario, aunque disminuye en calidad, precisamente por el aumento en cantidad de estudiantes. Sin embargo, al ser hijo – en parte – de la educación pública, he de decir que no tengo nada que envidiarle a la educación en centros privados.

 

Gran valentía y amor por su labor se necesita para hacerle frente a las censuras de cátedra que se reciben con indiscriminada indecencia, o por lo menos para soportar la presión de aquellos que se han creído dueños de la verdad absoluta. Y es que para nadie es un secreto que esto es el pan de cada día en muchas instituciones de nuestro territorio nacional. Con todo esto y mucho más sé que amo mi profesión, pero esto no lo debe reconocer un jefe o un administrativo, está reflejado en los estudiantes que aún siguen agradeciendo por la educación que se les ha podido brindar.

 

Podríamos seguir en una innumerable lista de situaciones que demandan valentía y entrega. Sin embargo, quisiera cerrar diciendo que esta situación de pandemia y su respectiva cuarentena ha mostrado que la educación cumple un papel muy importante para la vida de la sociedad, estudiantes extrañando sus aulas, algunos por malas experiencias con lo virtual, otros por simplemente salir de sus casas. Docentes sobrecargados de trabajos queriendo tener espacio en el aula para poder disfrutar con sus estudiantes. Es aquí cuando se nota que la educación es más que la transmisión de contenidos, es más que la mera cátedra. Sin la experiencia vital, nos vamos quedando vacíos. Ahí está la esencia de la educación, la vida misma.

 

Es importante que como comunidad retomemos los elementos valiosos que vienen del compartir, de reconocernos en relación estrecha con cada una de las personas que aportan a nuestro crecimiento personal, incluso de aquellos que aprendemos cómo no debemos actuar. Feliz día a los maestros, pero aún más importante, feliz día a aquellos que hacen posible que esta labor sea algo por lo cual se puede – y se debe – levantar la cabeza constantemente.

 

Definitivamente el estudio cambia la mentalidad, transforma las actitudes y condensa todo lo que en realidad queremos para nuestra existencia

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