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Lenguaje y prácticas de odio

Lenguaje y practicas de odio2

Andrés Leonardo Calvo Camelo

Licenciado en Filosofía

Fundación Universitaria San Alfonso.

  

Recién inició todo este proceso, difícil para la mayoría de la población, especialmente en Colombia que es el territorio que nos corresponde mirar de manera específica, estuve al tanto de todas las disposiciones gubernamentales para mitigar, tanto la cadena de contagios, así como el impacto socioeconómico que esto puede llegar a generar, aún más cuando se es medianamente consciente de que las condiciones laborales, económicas y socioculturales no andan muy bien hace ya bastante tiempo. Con el paso de los días se convirtió en algo tedioso, y sé que no lo fue solamente para mí, sino que evidentemente la sociedad está viviendo un tedio bastante pesado porque esta situación cambió nuestras dinámicas y costumbre sociales.

 

De repente, nos encontramos en un encierro permanente que, si bien no lo cumple toda la población, es evidente que la mayoría de las personas lo hacen, y solamente basta con salir a las calles para darse cuenta de ello. A excepción de los centros de comercio – no los centros comerciales sino a partir del mes de junio –, los bancos y los espacios que normalmente han sido destinados a la aglomeración de grandes masas, es fácil notar la ausencia de personas, sumado a un gran pánico generado por una cultura de la desinformación que ya es común ver en redes sociales. Hace ya bastante tiempo que estamos acostumbrados a ver por las redes sociales una inmensa mayoría de personas – muchas de ellas escudadas en perfiles falsos – proliferando una gran cantidad de “memes” que son cosas que pueden generar gracia, así como repudio o que pueden fomentar eso que se ha expresado con anterioridad como una cultura de desinformación y de movilidad de ánimos absurdos a través de “fake news”.

 

 

Como ciudadano, pero sobre todo como persona – como se esperaría que muchas personas actuaran – esperé constantemente que las medidas fueran mostrando una voluntad por parte del Estado y de grandes sectores empresariales que se han enriquecido, a lo largo de un gran tiempo, de la ansiedad consumista en la que vivimos inmersos. No se puede decir que todo es negativo, claro está, en ciudades como Zipaquirá se demostró una gran voluntad por tender la mano a quienes lo necesitaban, así como ese espíritu avariento y aprovechado de muchos que, sin necesidad, tendieron la suya a robar lo que era para los más necesitados. Es acá cuando nos damos cuenta de que la corrupción no es solamente un problema de Estado, porque miles de denuncias fueron fieles testigos de esta actitud miserable por parte de personas que no tienen ninguna necesidad en el campo de lo económico. Pero en situación de crisis todos se vuelven pobres, hasta el mismo Estado.

 

Ese tipo de expresiones, sin ir más allá, denotan una gran cantidad de expresiones de odio y desprecio por la población que, por el infortunio de estar en un país tan desigual, no tienen cómo sustentar sus propios hogares. Santo Tomás de Aquino consignó el concepto de justicia en la Suma Teológica, con una admirable predilección. La justicia es definida como la capacidad de ordenarse a sí mismo, pero además de esto, ordenar a los demás. En pocas palabras dice que nos permite encontrar el equilibrio entre mis deseos, mis pasiones y mi forma de actuar, conmigo mismo y con los demás. Interesante apreciación para poder considerar estos elementos que he descrito anteriormente y otros cuantos que van a surgir.

 

Se necesita ser – y pido disculpas si hiero susceptibilidades – un completísimo desgraciado para quitarle la comida de la boca a una persona que lo necesita. No hay una actitud más miserable que aprovechar una situación de crisis para sacar una jugosa tajada y robarse unos pesos. ¿En qué lugar habita la conciencia de este tipo de personas? ¿Podrán ser los mismos que, desde su espíritu ultraconservador, saldrán el otro mes a rezar improperios contra las manifestaciones del orgullo gay? Vaya actitudes tan mojigatas que vemos alrededor nuestro, esa falta de justicia y conciencia de responsabilidad con el otro. Y no es difícil de entender, si no le voy a dar nada, por lo menos no le quito.

 

No siendo suficiente con la actitud de una parte, pequeña pero importante, de la sociedad, se ha tenido que ver el gasto público tan elevado que ha tenido este gobierno. Oleadas de dinero han sido gastadas sin más, con el fin de beneficiar a quienes nos representan. Solamente para hacer mención y sin ahondar en el tema. Ocho mil millones de pesos en compra de tanquetas para el ESMAD, nueve mil millones en compra de camionetas para el esquema de seguridad del presidente, Tres mil trecientos cincuenta millones de gasto en posicionamiento en redes de la imagen del presidente de la República. Algunos podrán alegar que mi campo no es la economía ni el análisis del presupuesto de la nación, y tienen razón, pero como cualquier ciudadano – como lo hacía notar anteriormente – y como persona del común tengo el derecho y el deber moral de preguntar sobre la verdadera finalidad de un Estado al que todos tributamos. No se trata de economía exclusivamente, sino de principios morales.

 

 

Es una cachetada y un escupitajo en la cara que la vicepresidente salga a decirnos a todos “atenidos”, cuando en la calle aún hay personas rebuscando su diario, y no se trata de una situación que se haya generado a raíz de la pandemia. Más allá de lo burdo y desagradable que esa expresión contiene en sí misma, se trata de no reconocer la carga que se lleva en un porcentaje muy alto de la población, porque se ha repetido mil veces el nivel de desigualdad que posee el país, pero, a fin de cuentas, siempre se queda estancado en una simple estadística más. Así como la popularidad del presidente, de su gabinete y en general de su gobierno.

 

Pero es aún más descarado cuando se entran a ver sus declaraciones de renta, por fortuna ahora las tienen que hacer públicas, pero de la forma más infame siguen robando en la cara a todos los colombianos. Por lo menos este lenguaje que utilizan, y estas cosas que hacen muestran que a los que están en el poder les valemos una m*****. Tal vez, esa indignación que se mostró con las declaraciones, hace unos años, del exdiputado Rodrigo Mesa con respecto hacia el Chocó les enseñó de diplomacia a los gobernantes que ahora tenemos ¿habrá que agradecerles por no decir de frente lo que piensan del pueblo que los puso en el poder? ¿Cómo podemos hablar de justicia cuando ni siquiera la ley posee ese concepto con absoluta lucidez?

 

En medio de esto, el lenguaje que caracteriza a nuestro excelso gobierno es el del odio. No se puede ver más allá, o develar una realidad que demuestre que se busca solucionar la crisis tan profunda que se está acentuando sin piedad en los hogares de nuestros pobladores, ante tal crisis la respuesta ha sido el derroche de recursos. Y ante los pocos recursos que se han destinado para la ayuda de las personas necesitadas, aparte del problema presentado con anterioridad, se suma que los administradores de esos recursos de ayuda, los bancos, con su característica solidaridad, no están realizando la labor precisa para la que les fue entregada esa “platica”, pero eso sí, hace poco el doctor Sarmiento Angulo compró acciones por cerca de 400 millones de dólares, en plena pandemia. De dónde le habrá llegado tal solvencia económica…

 

Ahora bien, en un acto de absoluta solidaridad, llegan 800 militares estadounidenses al territorio colombiano, con el firme propósito de combatir el narcotráfico, de liberar del yugo de las drogas y del terrorismo al pueblo colombiano. ¡Qué falta de respeto con la población! Con un absoluto descaro el presidente se salta la misma constitución y hace, con una inocencia pueril, lo que se le viene en gana. No se puede implementar justicia cuando no existe para aquellos que son los encargados de organizarla, velar por su cumplimiento y también denunciarla. Existen unos mínimos parámetros para garantizar la justicia como medida de igualdad y solidaridad entre los conciudadanos, pero una de las grandes críticas históricas realizadas a la sociedad democrática moderna fue permitir el avance sutil – y en muchos casos estrepitoso – de prácticas que denotaban un profundo fascismo. Características de las que está lleno este gobierno y su sacrosanta cohorte de ultraconservadores.

 

Si ha llegado a este punto, tal vez ya pensó un par de veces que soy uno de esos “mamertos”, “nostálgico del comunismo”. En realidad, debo decir que eso no me interesa, porque tampoco me codeo con ningún partido político, no es mi obligación entrar en esa dinámica histórica, pero malgastada, de un bipartidismo inservible. Necesitamos personas con valores, con capacidad de gobernar y con capacidad de mediar con justicia todas las desigualdades que nos azotan a diario, porque ya está más que demostrado que esta clase política, que está en una transformación importante y que debemos aprovechar, ya amerita un cambio total.

 

Por último, quiero agradecer a todas las personas que se han tomado el tiempo de leer mis artículos de opinión, tal vez compartiendo un par de ideas, tal vez en contra de todas, pero es importante que, en una sociedad dividida y censuradora del que piensa distinto, abramos espacios para escuchar y tratar de entender, con respeto, la opinión de los demás, porque es allí donde inicia la justicia.

Vaya actitudes tan mojigatas que vemos alrededor nuestro, esa falta de justicia y conciencia de responsabilidad con el otro. Y no es difícil de entender, si no le voy a dar nada, por lo menos no le quito.

Etiquetas: Cundinamarca

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