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Del anacronismo y las protestas contra el racismo

Del anacronismo y las protestas contra el racismo

Javier León Duitama

Filósofo Humanista e Historiador.

 

En estos días las protestas contra el racismo son notables por la muerte de George Floyd el 25 de mayo de 2020 en Minneapolis, Estados Unidos, causada por el exceso de fuerza de un grupo de policías. Las manifestaciones han incluido marchas, plantones, saqueos, incendios, tomas de edificios estatales, entre otros. El hecho calificado como un acto de racismo, por analogía, se extendió a denunciar los abusos de la esclavitud en el pasado. De modo simbólico se derribaron varias estatuas de esclavistas como la de Cristóbal Colón en Virginia y Boston, Estados Unidos, y la de Robert Milligan y Edward Colston en Londres y Bristol, Inglaterra. Este hecho llama poderosamente la atención puesto que a primera vista pareciera justa la reivindicación contra los monumentos erigidos a hombres que tuvieron a esclavos como posesión.

 

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Ahora bien, sin entrar a discutir la diferencia entre esclavitud y racismo, junto con sus matices temporales y conceptuales, el término de anacronismo puede ayudar a analizar este fenómeno. Éste es utilizado con frecuencia en las ciencias humanas y sociales, particularmente en historia, para poder realizar estudios más verídicos sobre el pasado. Por anacrónico se entiende llevar valores, juicios, estructuras o modelos mentales de una época a otra diferente, normalmente del presente a un pasado remoto, o situar algo por fuera de su tiempo. En otras palabras es cuando se trasladan los fantasmas del presente al pasado.

 

Un ejemplo de esto lo encontramos con el actual animalismo. Sería anacrónico juzgar a sociedades pasadas como “salvajes” o “desalmadas” por haber tenido relaciones con los animales diferentes a las del presente que han replanteado el afecto y vínculo con éstos. Las significaciones de un ser humano sobre un animal varían de una era a otra porque las condiciones sociales no son estáticas sino dinámicas, y por ello son distintas. Así que mirar despectivamente a los hombres del pasado por no tratar a los animales igual que en la actualidad, sería un vicio argumentativo porque descontextualiza el sentido de dichas conexiones, colocándolas por fuera de su tiempo.

 

Con este sencillo ejemplo se quiere indicar que los valores de una sociedad en un momento determinado no son prospectivos, es decir, nunca están pensados hacia el futuro sino que se realizan según su propio tiempo. Las sociedades construyen marcos de normalidad que les permiten actuar bajo referentes éticos que indican lo que está bien o mal, pero sujetos a modificaciones en el devenir histórico. Por ello las acciones de una sociedad deben ser juzgadas según las condiciones que ella misma elaboró y no con las fabricadas en la posteridad. Lo que ocurre en una época está bien o mal según dicho momento, y en este sentido, ningún periodo es superior a otro. El presente podría ser sentenciado con severidad en el futuro por cosas que se consideran normales en el ahora, pero que no se prevén estén mal ulteriormente.

 

Con todo lo anterior no se pretende defender los hechos del pasado condenables en el presente, sino señalar que, para comprender o enjuiciar al pasado, es necesario analizarlo con las categorías propias de dicha época, o como diría el antropólogo Clifford Geertz, ver las cosas desde el punto de vista de los actores. De esta manera, la noción de anacronismo en primer lugar nos permite situar a la esclavitud y al racismo en momentos y condiciones distintas: a la esclavitud como una institución fundada en relaciones de dominación, que hizo al esclavo propiedad y mercancía útil para el trabajo, la cual fue abolida en gran parte del mundo durante el siglo XIX; y al racismo como la discriminación y persecución contra un grupo por sus caracteres biológicos, construida a partir de la modernidad, y que sigue vigente en variadas y soterradas formas. En segundo lugar, posibilita comprender que la esclavitud en el pasado sufrió transformaciones y tuvo múltiples significaciones, tanto para los amos como para los siervos.

 

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Por ejemplo, la esclavitud defendida por Aristóteles en la antigua Grecia considerada natural, conveniente, justa, legal, e instrumento de posesión animado, es distinta a la romana donde se estimaba al esclavo como una extensión corporal y mental del amo; esto lo ilustra el caso de Marco Tulio Tirón que redactó, escribió, y brindó ideas para los discursos de Cicerón. Así mismo, en la antigüedad la condición de esclavo se determinaba por el nacimiento o conquista en la guerra, mientras que luego de la llegada de los europeos a América por su condición racial (fenotipo y color de piel). Sin tener en cuenta el anacronismo, como elemento de análisis del pasado, se correría el peligro de que gran parte de las obras representativas de occidente, e incluso de otras culturas, fueran consideradas objeto de destrucción por haber sido elaboradas durante el sistema esclavista, y como resultado de la hegemonía, sometimiento y abuso de un grupo sobre otro.

 

Las sociedades democráticas en la actualidad defienden y reivindican otros principios como la igualdad, libertad, tolerancia, justicia, y diversidad. Pero esto no quiere decir que los vestigios que no se ajusten a ellos deban ser destruidos, ya que sería un círculo vicioso porque ante la aparición de nuevos valores, el pasado material sería borrado progresivamente. La materialidad preservada de épocas pretéritas, más allá de ser suprimida, debe cuestionarnos sobre el porqué se erigió, cuál fue su significación, y cuáles fueron las razones para que en el presente representan algo distinto. Una sociedad heredera de la ilustración debe tener como consigna el diálogo y el análisis antes que la eliminación.

 

“(…) A primera vista pareciera justa la reivindicación contra los monumentos erigidos a hombres que tuvieron a esclavos como posesión”.

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