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Movimientos colectivistas: un problema de respeto y costumbres gastadas

Movimientos colectivistas un problema de respeto y costumbres gastadas 2

Andrés Leonardo Calvo Camelo

Licenciado en Filosofía

Fundación Universitaria San Alfonso.

¡Como si lo que somos se resumiera en con quién nos acostamos, o la forma en la que lo hacemos!

 

Han pasado apenas una semana y algunos días luego de que se celebrara mundialmente el día del orgullo gay, no es necesario hacer apología a este movimiento ni tampoco desprestigiarlo como muchos quisieran hacerlo notar, dado que esto no va a mermar la gran cantidad de manifestaciones que se van a continuar haciendo a lo largo y ancho del mundo, así sigan existiendo posturas que rayan en el fascismo para hacerlo desaparecer. Es un derecho humano que se le atribuye a las minorías sexuales por propia naturaleza, aunque, paradójicamente, muchos lo tilden de antinatural. No es mi campo hacer que usted, como persona, juzgue como bueno o malo un movimiento que, a todas luces, no va a desaparecer.

 

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Lo que en realidad ha generado revuelo en mi mente ha sido una serie de reacciones que son evidentes en las redes sociales, empezando porque ninguna de ellas está desprovista de odio y un rencor infundado como si cada uno se hubiese hecho partícipe, en tiempos inmemoriales, de una gran cantidad de sucesos que hoy se instalan como el principal prejuicio para atacarse entre personas que lo único que realmente comparten es su irracionalidad e instintivo desprecio por lo que les huela a diferente. Pero no piense usted, señor lector, que estoy defendiendo principios de colectivos que, a todas luces también tienen pecados.

 

Por más que busco encontrar posturas conciliadoras, es difícil llegar a un punto en el que se le preste importancia a aquellos que pensamos que no necesitamos seguir en un vaivén de insultos, muchos de ellos estilizados y camuflados en una diplomacia vomitiva, porque estamos hartos, históricamente, que nuestra sociedad sea movida por las vísceras y no por la sensatez de notar que nos estamos desgastando en discusiones sin salida. En algún momento, hablando con dos amigos, logré llegar a un punto de reflexión el cual me mostraba que es necesaria la normalización de estos movimientos, especialmente aquellos que son más visuales como los trans y que generan, evidentemente, un revuelo mayor en esta maltrecha comunidad. ¡Claro que es necesaria la visibilidad! O es que acaso no se puede mostrar a la sociedad una persona, en su integridad, como un ser humano común y corriente que vive, ama, odia, es feliz y triste. Sin embargo, la mirada canallesca con la que se juzga es aquella que sexualiza la vida del otro. ¡Como si lo que somos se resumiera en con quién nos acostamos, o la forma en la que lo hacemos!

 

Pero, además, pasando por la otra orilla no nos quedamos atrás, basta con mirar las expresiones de odio e intolerancia por parte de aquellos que están pidiendo respeto y tolerancia por la libertad con respecto a su cuerpo y a su vida. Lastimosamente, aquellos que salen a disfrutar de su día quedan opacados por las expresiones y lenguajes de violencia que se emiten desde sus orillas y, como buena generación de porcelana, todo nos es permitido, pero también nada se le debe permitir al otro. O ¿es que aquella persona que tiene un constructo moral, lo respeta y vive según sus principios debe aguantar la sarta de improperios con la que le vienen encima los defensores de la igualdad? No me puedo declarar un creyente y/o practicante, pero lo que tengo como principio, necesario para vivir en comunidad, es el respeto a la libertad que tiene el otro para creer lo que se le venga en gana, porque ninguno es heredero de los crímenes de instituciones corruptas.

 

Es bueno ver avances también en este campo, sacerdotes, pastores y políticos, aquellos que inciden cotidianamente en nuestra cultura social, que son capaces de entrar en un diálogo de saberes, de experiencias de vida y de caminos que construyen paz, ambientes de respeto y caridad antes que juzgar las decisiones que la otra toma. En una sociedad que está acostumbrada históricamente a la violencia, no se puede seguir respondiendo con más violencia. Es necesario decir que, mientras la cultura de nuestro país no adquiera matices de apertura y diálogo, va a ser imposible entrar en confrontaciones políticas que permitan ver ese avance que hemos tenido como sociedad, porque al final no se trata de tolerancia, es respeto por lo que la otra persona es, porque “es” antes que nada y por “ser”, el único deber moral que tengo es respetarla.

 

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Este tema, que luego podrá trascender en los linderos de una agenda política, en una política pública o en proyectos sociales que sean serios, debe ser tratado en principio como un tema de respeto por la humanidad del otro, porque resulta muy difícil promulgar leyes que promuevan el respeto si culturalmente no hemos logrado superar un tema de discriminación visceral e idiotizado por los intereses de personas que nunca se verán afectadas por estos problemas, aquellos que actúan como farol de una doble moral que debemos desterrar.

En una sociedad que está acostumbrada históricamente a la violencia, no se puede seguir respondiendo con más violencia.

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